Morpheo le ofrece a Neo
la opción de elegir entre la pastillita azul y la pastillita roja.
Cuando me hice taxista no me dieron opción ninguna, me arrancaron de
Matrix para arrojarme al mundo real, así, sin vaselina ni nada…
General Castaños,
20:09 horas. Llevo desde las 4 de la mañana levantado y tengo unas
ganas terribles de irme para casa. Pero estoy el siguiente en la
lista de la emisora y decido esperar un rato, porque el día ha
estado flojito.
Canta el altavoz:
-Diríjase al
Hotel Bellmar.
-Recibido, base, me
dirijo.
Bien, pienso, a ver si
hay suerte y es una carrerita buena… Llego a la puerta del hotel
y sale un pavo con la mirada vidriosa y caminar bamboleante. Vaya,
pienso, creo que hoy toca “Recta del Amor”. Otra vez.
El tío se sube. Me
mira fijamente –con un ojo, el otro mira hacia Cuenca- y me dice
con voz aguardientosa: “Llévame al barrio San Juan. Quiero comprar
coca, caballo, porros…” Me suelta un billete de 50 pavos y me lo
deja en el cenicero.
Joooooder. ¿Es que
todos los freaks me tocan a mí?
-Al barrio san Juan…
¿pero a dónde?
-¡¡Yo que sé,
joder, a donde algún yonki!!
Cuando trabajaba de
conserje tenía un manual con mis funciones detalladas: cambiar
fluorescentes, arreglar los desperfectos... Tengo que pasarme por la
Asociación de taxis de Bilbo y comprobar si entre mis quehaceres
figura el de patrullar de noche por el Barrio San Juan en busca de
yonkis para comprarles farlopa y jaco.
Bueno, al menos este
habla castellano y no tendré que hacer de intérprete. Juá.
El tío empieza a
cascar. Lleva un colocón de espanto, gesticula sin parar y me golpea
el brazo derecho mientras conduzco por las intrincadas callejuelas.
Me dice que trabaja en un barco, que es hombre rana, que su padre es
armador, que su hermano montó un instituto de nosequé en Cáceres
pero que murió por la droga. No deja de mirarme fijamente con su ojo
sano.
Llegamos al barrio san
Juan. Ni dios por la calle, evidentemente. El tío se caga en Cristo
y en toda mi familia. De repente, aparece por una esquina un tipo con
una visera y unas muletas. Se baja del coche y lo aborda. No puedo
escuchar la conversación, pero le señala hacia la calle de abajo
con la muleta.
El tío viene y me
dice: “tienes los 50 euros, espérame aquí que me he quedado con
tu número de licencia”.
Vale tío, para
acojonarme no hace falta que me amenaces. Me fumo un cigarrito
mientras le espero. Vuelve de mala hostia, cagándose en todo y
gritando que somos todos unos hijos de la gran puta.
-Joder, tío ¿qué te
ha pasado?
-Nada, que el hijoputa
del bar me conoce del penal del Dueso y no me ha querido vender
droga.
El tío es de
Villagarcía de Arousa y vive en Conil. La primera vez que venía por
aquí y le va a comprar droga a un excompañero del talego. El mundo
es pequeñajo, como un kleenex…
Me tengo que aguantar
la risa.
Me dice que le lleve a
donde haya yonkis y delincuentes. Bien, pienso, creo que esta noche
voy a tener otra historieta que contar… Enfilo dirección
Ayuntamiento de Portugalete, pero qué coño, los funcionarios hace
horas que dejaron de currar. O lo que sea que hagan en sus horarios
laborales. Rectifico el rumbo y me dirijo a San Francisco, a Bilbo.
Por el camino me va
contando cosas de su “particular” filosofía de vida.
-Estar en el talego es
lo mejor, tío. Allí conoces de verdad a la gente.
Le miro al ojo bueno de
manera escrutadora. Joder, lo está diciendo en serio.
-Llevas “Carolina
Herrera”.
Agua. De colonia
(juá). Es Dune, de Christian Dior.
-¿Sabes lo que más
me gusta? Coger a una jamba recién duchadita, con perfume de Prada y
braguitas de Calvin Klein…
Hostia, nos ha salido
sibarita el andoba. Falsa alarma, no había acabado la frase.
-Espolvorearme medio
gramo en la punta del nardo y que me la chupe. Y que diga:
grrruuummmpppfffff… ¡¡que me atoro!! Y yo: “sigue chupando,
hijaputa!!
Y me mira con su ojo
sano. Y vuelve a golpearme el brazo derecho.
Llegamos a San
Francisco. Me aparco en una esquina y le digo que allí le espero. Un
buen rato después le veo pasar por la calle de al lado con una
Heineken en la mano. Me mira, se da la vuelta y se va. Salgo del
coche, le agarro y le digo:
-¿Dónde cojones vas?
El tío no me había
visto. Joder, solo a él se le ocurre mirar en la dirección del ojo
chungo…
-Vaya mierda, tío.
¿Sabes? A mí me gustan los Dockers, Tommy Hillfiger…
¿Ehhh? Ahhhhhhh…
Ahora caigo. Ha establecido una metáfora con la calidad del material
que acaba de comprar. Me ha costado… Joder, el tío maneja a la
perfección los recursos estilísticos. Se nota que es de letras…
Lo traigo de vuelta al
hotel. El tío me agradece sinceramente todo lo que he hecho por él
y me pide el teléfono. No se lo doy, por supuesto. Me pregunta si le
sobra algo de los 50 pavos, le mando a tomar por culo y lo arrojo por
la ventanilla. Lo sé, soy muy incívico; me estoy haciendo un
experto en arrojar deshechos por ella. Saca su teléfono del
bolsillo, me mira con su ojo bueno y me dice: “voy a llamar a una
jamba, que me apetece empujar un rato”.
Y se aleja con pasos
tambaleantes mientras su áspera risa resuena en los baldosines de la
callejuela…

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